Clásico grande. Seguramente, el mejor anuncio posible para la Liga.
Clásico vibrante, sin ese homenaje a la crispación que fue durante un
tiempo. Un Clásico jugado con agresividad pero nobleza. Todo pasión,
todo fútbol. A corazón abierto. Sin especulaciones. Con dos goles de cada uno de los dos grandes aspirantes a Balón de Oro, elevados a los altares. Con exhibiciones de talento de futbolistas como Özil y derroches de corazón como el de Pedro.
Un partido bárbaro que deja la Liga como estaba, con el Barça con ocho
puntos de ventaja y todo un océano por nadar aún. Ocho puntos de renta
pero una visita aún pendiente al Bernabéu. Y 31 partidos por jugar. Esto
acaba de empezar.
Messi y Cristiano decidieron no jugar a árbitros. El
argentino, en otro planeta, marcó un golazo espectacular de libre
directo por encima de la barrera después de una falta que se fabricó él
mismo y Cristiano puso de nuevo las tablas después de un fabuloso pase
de Özil, jugador absolutamente delicioso, de seda. Özil habla otro
idioma, el de los mejores. El Barça pidió falta de Khedira a Iniesta en
el arranque de la jugada. Xabi Alonso pudo ver la segunda amarilla,
Busquets también. El equilibrio fue extremo, las alternativas también. ¡Estaba siendo un partido fabuloso¡
Un partido dramático y deportivo que tuvo un epílogo agónico del Barça,
que echó el resto en busca de la sentencia y casi lo encuentra en un
remate fabuloso de Montoya al larguero y un último remate de Pedro con
la izquierda. Los jugadores terminaron absolutamente exhaustos. Se lo
habían dejado todo y habían dejado un monumento al fútbol bien grande.
Empezamos y terminamos por Mourinho, que dijo que en los Clásicos se paraba el mundo. Esta vez, sin duda, fue con razón.